sábado, 13 de noviembre de 2010

Entre un Amor Real y Las Neuronas en Espejo



Desde que las telenovelas salieron a la luz en la pantalla chica, muchos espectadores suelen vivenciar la relación percibida como propia, encarnando los personajes o bien deseosos de vivir una pasión fantasiosa, anhelando ser absorvidos por la propia televisión para estar allí. La ilusión que se expande entre espectadores, no es casual, púes, tiene un correlato neurobiológico propio y sustentado por bases neurobiologicas comprobables en un circuito que se expresa a nivel de la corteza cerebral. Numerosos estudios han comprobado que el hecho de vivenciar y sentir lo que el otro siente, o sea "la empatía", se expresa a nivel de un grupo de neuronas llamadas "Neuronas en Espejo"; Muchos se preguntaran entonces que es una neurona en espejo?, en realidad son no una, sino ciento de miles de neuronas, que a groso modo, cumplen la función de imitar y empatizar con el otro. Por lo que no parece raro o extraño pensar que doña Rosa, al ver Bodas de Odio (telenovela mexicana 1983) o su adaptación Amor Real (2003), empatice con la desventura de una chica que se enamora de un joven al que sus padres repriman su amor, para que se case con el otro chico rico. Aunque Bodas de Odio (1983), se tenga que readaptar a Amor Real (2003), no es casualidad, ya que seguramente la nieta de Doña Rosa, lucharia por el niño rico tal vez; con este ejemplo, trato de explicar que no todos empatizamos de la misma manera, ni con cada personaje, sino que la empatía es variable y no depende del genero.
La empatía hacia el amor o el dolor es relevante en todos los seres humanos; estudios recientes en resonancia magnética y magnetoencefalografía, han revelado que tanto niños como adultos, cuando observan a personas que sufren o estan padeciendo dolor, se activan determinados circuitos neuronales, asociados a la experiencia de primera persona del dolor, por lo que se evidencio la activación y consecuentemente la manifestación sensitiva ante tales, como ser la angustia al ver el sufrimiento ajeno, rol crítico en la base de la empatía y el razonamiento moral de casi todos los seres humanos.
Fuente original de Giacomo Rigazzollati, de la Universidad de Palma.

martes, 26 de octubre de 2010

Agorafobia

La agorafobia es el miedo y evitación a estar en lugares o situaciones de los cuales pueda ser difícil o embarazoso escapar, o en los que pueda no disponerse de ayuda en el caso de tener un ataque de pánico o síntomas similares –sensación de ahogo, taquicardia, mareos, despersonalización, desrealización, pérdida del control de esfínteres, nausea-. Como consecuencia de este miedo, la persona evita las situaciones temidas, las soporta con gran ansiedad o malestar y, generalmente, tiene la necesidad urgente de estar acompañada.
Con frecuencia, este miedo se suele experimentar en medios de trasporte como el metro, el avión o el coche. Se manifiesta de igual forma al alejarse de casa, en lugares públicos como centros comerciales, en la cola de de un mercado, el cine o en eventos multitudinarios. En otras ocasiones, el miedo es simplemente la anticipación de que pueda volver a producirse una crisis de pánico en un lugar donde previamente se sufrió una.

Es precisamente esa angustia la que ayuda a desarrollar un comportamiento de evitación que va limitando la movilidad en la vida cotidiana. En otros casos, esta limitación no es tan evidente debido a que el agorafóbico consigue trasladarse con gran malestar, o bien habiendo organizado en su entorno todo un dispositivo de acompañantes que le ayuden a superar su incapacidad para desplazarse.

La mayoría de personas que sufren este trastorno no tienen una conciencia clara de que muchos de los síntomas que padecen, tanto de orden físico como psíquico, tienen un nexo común que es el miedo irracional y la sensación de desprotección.

Durante la crisis pueden también aparecer nauseas, sudor intenso, sensaciones extrañas en la cabeza, hormigueo en manos y pies, molestias estomacales y también una desagradable sensación de inestabilidad que suelen interpretarse como crisis vertiginosa.

Éstos y otros síntomas se suelen interpretar por la mayoría de las víctimas del pánico como un trastorno físico y solicitan un examen médico después de esta primera experiencia o de otras subsiguientes.

En general, estos exámenes no suelen revelar ningún problema físico que explique la dramática situación vivida. Ante esta noticia, muchos pacientes siguen en la convicción de que sufren algo físico pero que no ha estado correctamente explorado o bien de que se les está ocultando una enfermedad fatal.

Ello acostumbra a ser el principio de una cadena de consultas interminables y de un creciente aislamiento del agorafóbico respecto de su entorno ya que no encuentra una salida a su trastorno ni comprensión alguna a su sufrimiento.

En cualquier caso, debe dejarse claro que la agorafobia tiene tratamiento con un alto porcentaje de éxito. La mejor manera de eliminar las limitaciones –evitaciones y ansiedad- que produce este trastorno es haciéndole frente con la ayuda de un profesional especializado